Memoria y nación
El artículo denuncia la censura de 44 obras en el Museo Nacional de Colombia, pertenecientes a exposiciones que abordaban la memoria histórica, la diversidad sexual, la violencia política y el despojo campesino. El autor interpreta esta medida como un ataque a la libertad artística, la pluralidad y la memoria colectiva, relacionándola con antecedentes históricos de persecución cultural por regímenes autoritarios. Apoyándose en Walter Benjamin, destaca la dimensión política del arte como testimonio de las tragedias sociales y resistencia frente al poder. Finalmente, convoca a construir un frente amplio y democrático que defienda la cultura, la libertad de expresión y la memoria histórica.
Por James Llano Gómez
Desde que tengo uso de razón y asumí el arte como vocación vital, he comprendido la creación artística no solo como una búsqueda estética, sino como un territorio en constante tensión frente al poder. La historia universal da cuenta de cómo los regímenes autoritarios han embestido sistemáticamente contra la palabra, el escenario y la imagen: desde el expolio nazi que confiscó e intentó erradicar el llamado «arte degenerado», pasando por la barbarie franquista que silenció la voz poética de Federico García Lorca, hasta el exilio forzado de referentes de las letras latinoamericanas como Pablo Neruda y Gabriel García Márquez. Jamás ha cesado esa obstrucción que asfixia el espíritu y pretende amedrentar la creación.
Como advertía agudamente Walter Benjamin en sus Tesis sobre la historia:
«Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea juntamente de la barbarie. Y si él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de la transmisión en que ha pasado de uno a otro».
Sin embargo, las acciones emprendidas bajo el actual gobierno NAZIonal trascienden los precedentes autoritarios de la región. En un lapso sorprendentemente breve, hemos asistido a una arremetida contra la esencia de la dignidad humana, el equilibrio socioeconómico, el tejido campesino y la labor educativa como motor de desarrollo social.

Andy Warhol - Mao Tse-Tung - 1972.
El episodio acontecido recientemente en el Museo Nacional, la censura explícita a cuarenta y cuatro obras pertenecientes a las salas Memoria y Nación (2014), Hacer Sociedad (2019), Muro de la Diversidad y Tierra como Recurso (2016) constituye un síntoma alarmante. Aquellas paredes, concebidas como un contenedor patrimonial que resguarda la memoria histórica de nuestra región y de América Latina, fueron objeto de la clausura de imágenes, textos, reflexiones gráficas y narrativas de disidencia.
Con esta medida se buscó invisibilizar las denuncias sobre la guerra, las expresiones de la diversidad LGBTIQ+, la memoria de los magnicidios políticos del siglo XX y las dolorosas verdades del campo despojado y masacrado; intentando negar acontecimientos causados por los mismos sectores de la derecha recalcitrante. El arte, como ojo del cronista, había interpretado esas realidades para abrirles espacio en un lugar sagrado: el museo. Cuando el poder pretende amputar la libertad de creación y la memoria gráfica, el futuro democrático de una nación se compromete gravemente.
El arte y la cultura han sido históricamente el pulso espiritual de la humanidad, una arquitectura metafórica capaz de traducir tanto la tragedia social como los anhelos de libertad. Las grandes obras que hoy custodian bibliotecas, filmotecas, discotecas, colecciones públicas y privadas no son simples vestigios del pasado; son reservas éticas de esperanza y pensamiento crítico que sirven para mostrar la luz al horizonte, para salir de la brutalidad, o por lo menos soportarla.
La censura impuesta en el ámbito museal por parte de las directivas del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, órgano rector del arte en el país, bajo la anuencia de la línea fascista radical representada por Abelardo de La Espriella, evidencia una política cultural de abierta hostilidad hacia el pensamiento diverso y la sensibilidad transformadora.

Ante este panorama, se hace indispensable un llamamiento urgente a la convergencia social. Es momento de articular un gran frente amplio y democrático integrado por jóvenes, estudiantes, universidades, pensadores, sectores ambientales, liderazgos cívicos y políticos, comunidades campesinas, mujeres tejedoras de vida, sectores LGBTIQ+, clase obrera, pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, docentes, investigadores, artistas, gestores culturales y la población migrante que transita nuestros territorios. La construcción de este bloque busca reivindicar la libertad en todas sus expresiones, técnicas y lenguajes creativos, consolidando una respuesta sólida, contundente e imbatible en defensa de la memoria y la cultura.
La preservación de la remembranza y la libertad estética exige organización, articulación comunitaria y pronunciamiento colectivo. Impedir que la censura se naturalice como rutina institucional, es el primer paso para salvaguardar la dignidad y la esperanza de una sociedad que merece florecer tras décadas de conflicto.