En Francia hay que mantener la llama de la protesta legítima”. Entrevista con Olga L. González
En medio de su visita a la Feria del Libro de Manizales para presentar su último trabajo El presidente que no fue: la historia silenciada de Gabriel Turbay (Universidad de los Andes, 2025), Esteban Morales, de La Bagatela, conversó con la Doctora en Sociología (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París), politóloga e investigadora colombiana Olga L. González, quien vive en Francia hace muchos años, y nos dio algunas coordenadas para comprender la ola de protestas y movilizaciones que están sacudiendo al país europeo.
Esteban Morales: Empiezo agradeciéndote por tu disposición para llevar a cabo esta pequeña entrevista. Quisiera pedirte una síntesis respecto a lo que sucede hoy en Francia.
Olga L. González: Habría que remontarse unos años atrás. Se han dado unas reformas, que emprendió uno de los primeros ministros de educación de Macron, Jean-Michel Blanquer, que entre otras cosas es especialista en Colombia. Dichas reformas, ya desde entonces habían generado mucho rechazo en el cuerpo profesoral, porque sus condiciones se iban a degradar, y respondían a unas lógicas que no iban en beneficio de los estudiantes. Así es que la rabia con lo que está pasando en la educación viene desde hace rato, en un país en el que la educación pública es una institución muy importante como pilar de la idea de igualdad. A los franceses no les gusta la educación diferenciada en función de la riqueza de los hogares, se defiende la educación pública per se. Por ejemplo, hubo una anterior ministra de educación que, cuando se supo que tenía a sus hijos matriculados en un colegio privado, esto le costó el puesto. Por otro lado, existe en Francia una larga tradición de movilización social, y es muy frecuente que los diferentes sectores de la sociedad se manifiesten, reclamen, exijan, salgan a la calle. Todo esto hace parte de las tradiciones políticas francesas. Ahora bien, estas últimas manifestaciones sí tienen una característica diferente, y es que eran los propios colegiales, es decir, los alumnos del liceo, que van de 15 a 18 años, los que se estaban quejando por la insuficiencia de profesores reemplazantes (en caso de ausencia de un docente), porque las condiciones de los colegios eran insalubres o no había dotación, o por el famoso “Parcoursup”, que es una suerte de plataforma algorítimica que selecciona a los estudiantes para acceder a las universidades. Esas fueron las reivindicaciones. Y al cabo de algunas semanas salieron a la calle, con ellos, varios sindicatos, el partido LFI (La France Insoumise) y otros cuerpos organizados de la sociedad.
Hay un asunto adicional, y es que, desde hace unos años, en las manifestaciones hay más violencia. En primer lugar, hay represión policial. Anteriormente la “manif” era un espacio de reclamo, pero también de burla al poder y de expresiones festivas. Hoy aún hay esto, pero también hay temor por la represión policial, hombres vestidos a lo Robocop, gases lacrimógenos, y uso de material (granadas) peligroso. Uno antes iba a la “manif” sin mascarilla o gafas, ahora es preciso prever que puede haber violencia. Yo diría que esto se exacerbó sobre todo después del movimiento de los chalecos amarillos. Recuerda que este movimiento inició en redes contra una idea que tuvo Macron, de poner un impuesto a la gasolina para la transición ecológica. Los chalecos amarillos eran conductores, no les convenía ese impuesto, y en sus protestas callejeras fueron cada vez más violentos. Por ejemplo, se hizo algo que fue considerado muy ofensivo en Francia, como ponerle graffitis al Arco del Triunfo, que es el sitio donde está la tumba del soldado desconocido, un lugar muy solemne. Fueron actos de violencia material, pero no hubo muertos. En Francia hay muchas manifestaciones y hay mucha represión policial, pero no hay muertos, como sucedió en Colombia en los estallidos sociales de 2019 y 2021.
Para seguir con el movimiento de 2026, estas manifestaciones de colegiales habían producido unas concesiones del gobierno de Macron. Por ejemplo, el ministro de Educación había hablado de contratar a 3000 nuevos profesores y aumentar el presupuesto para los planteles educativos. Sin embargo, había otras manifestaciones previstas, y empieza a circular en Tik Tok un llamado de una cuenta de un joven para hacer algo el 17 de octubre, y se vuelve viral. También se metieron los chalecos amarillos, y es sabido que las manifestaciones de estos no siguen los patrones normalmente establecidos (como acordar el recorrido con las autoridades locales, etc). Lo cierto es que el 17 de octubre a la policía se le salió de control la manifestación. Sin duda, había una mayoría de manifestantes pacíficos, pero también algunos elementos que estaban ahí realmente para enfrentarse a la fuerza pública, y otros que pretendían pescar en río revuelto, y en especial, saquear almacenes y tiendas.
EM: Después de este panorama general, ¿quisieras agregar algunos elementos adicionales para completar el análisis de lo que hemos observado en las calles de Francia?
OLG: Quiero agregar un elemento importante para Colombia, y es el siguiente: todos hemos visto a través de los medios la cantidad de destrozos, de saqueos, de batalla campal. Pero, ojo, hubo cero muertos. En Francia no le disparan con balas a la gente que saquea. De hecho, hay escándalo porque la policía, en algún momento, lanzó una granada y un joven intentó recogerla para lanzarla de nuevo y le explotó en la mano. Esto ha generado muchas críticas por el uso de armas peligrosas. En Colombia, algo así sería anecdótico. Muchos dirían: “Bien hecho, y ojalá hubieran matado a manifestantes”. Es decir que, aunque hay una gran violencia material, con saqueos múltiples, no hay una respuesta letal de parte de la policía en Francia. La vida sigue teniendo un valor sagrado, superior al valor de lo material. Ese es un elemento que me interesa destacar, en contraste con Colombia, donde parece que lo material justifica el homicidio. También me gustaría anotar que quienes han reprimido y vandalizado son esencialmente hombres. Creo que la cultura viril violenta es un elemento sobre el que es preciso profundizar. Otro asunto es que los saqueadores son jóvenes de la periferia. Hay un oportunismo, se ve lo que está sucediendo en los centros comerciales de las ciudades prácticamente en directo (vía redes), hay deseo de participar, hay un efecto contagio, además de que hay ganas de adquirir todos esos bienes de marcas, todo lo que la publicidad y la sociedad de consumo han fetichizado hasta el extremo.
EM: ¿Cómo se enmarca esto que está sucediendo, y que nos has ido explicando, en el escenario político?
OLG: Esto sucede a seis meses de las elecciones presidenciales en Francia, en donde ya hay una favorita, que es Marine Le Pen y hay otro posible favorito que es Mélenchon, en un contexto en el que Macron está de salida, con una popularidad muy baja, y con un segundo gobierno lleno de cuestionamientos, entre otros por haber gobernado para los mega ricos.
Y es que las desigualdades, en Francia, como en el mundo entero -incluida Colombia- se han incrementado de forma exponencial (es decir, que los más ricos son cada vez más ricos, y los pobres, más numerosos y más pobres). Francia es un país muy sensible a eso, ya que la idea de igualdad es su valor central, y por lo tanto, el hecho de que las desigualdades patrimoniales y económicas, de acceso a buena educación, se hayan incrementado, es visto como algo insoportable por un amplio sector de la población. Para la extrema derecha (tipo Le Pen), todo es culpa de unos jóvenes de origen migrante y de la izquierda, y hay que reprimir a ambos actores. Pero esa no es una buena respuesta al problema que existe en la actualidad.
Francia es un país multiétnico, multicultural, siempre ha sido así. Ha sido una nación que se ha formado con olas de migración, y ha integrado a las personas con el acceso a la educación. Lo que se ve hoy es la evidencia de esas desigualdades, donde existen colegios públicos a los cuales prácticamente solo van los hijos de migrantes, y colegios privados, donde van hijos de los no migrantes. Se establecen entonces dos sociedades, una de privilegiados, otra de excluidos, y esto produce malestar.
El reto para la izquierda será lograr evitar que todo esto favorezca un discurso de mano dura, del cual Le Pen podrá beneficiarse.
EM: ¿Qué nos puedes decir sobre el panorama a nivel global?
OLG: Estamos observando el ascenso de movimientos que se presentan como antipolíticos pero que desembocan rápidamente en la extrema derecha. Pienso que habrá más conciencia de esto y eso desencadenará movilizaciones sociales, pero es un momento muy complejo.
EM: ¿Cómo ves la situación en Colombia, en relación con lo que hemos analizado?
OLG: Uno de los problemas de Colombia es la alta dosis de resignación. La gente se ha habituado a que la maltraten los políticos o las empresas, o cualquiera por el simple hecho de ser el más fuerte. Los colombianos también se han habituado a la violencia. Si en Francia hubiera habido un muerto, cae Macron, pero aquí matan y no pasa nada. Aquí se indignan porque hay un colado en Transmilenio, pero matan y no pasa nada. Hay que aprender de la escala de valores, reevaluarla, y apelar a los viejos reflejos de la movilización y la acción colectiva, porque tenemos a un presidente en extremo arbitrario, Abelardo quiere hacer lo que se le da la gana, pero los colombianos no podemos quedarnos de brazos cruzados. En este sentido, es positivo ver que cuando este presidente manda a sacar cuadros, en forma completamente ilegal, del Museo Nacional, ha habido reacciones, ha habido plantones. Lo mismo debe hacerse con tantas otras medidas arbitrarias, lesivas para las mayorías. Pienso que hay que mantener la llama de la protesta legítima viva, en Colombia sobran las razones para protestar, y por supuesto el tema de las desigualdades es central.